Visita a Roma: El Vaticano.

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En nuestra Visita a Roma hay un capítulo especial dedicado a El Vaticano. Ciudad estado pequeña, la más de hecho, pero de una inmensidad inabarcable.

Yo nunca me hubiera imaginado lo que iba a encontrar allí. Porque sí, sabía que estaba la Piedad de Miguel Ángel y sabía de otras muchas obras, pero jamás pensé ver todo lo que vi y lo que no vi.

Llegamos el sábado a las 9:30 y había poca cola, que además iba bastante rápida. A eso de las 11 era tremenda la fila para entrar y si nosotros estuvimos unos 15 minutos, en dos horas la duración era ya bastante mayor.

Por cierto, lo bueno de febrero es que te permite estar al sol y tener buena temperatura pero no imagino como será en julio 🥴.

El Vaticano. Las columnas de Bernini.

La Columnata de Bernini y yo. Sentirse pequeña, esa es la cuestión.

Estas columnas te anuncian lo que vas a sentir dentro de la Basílica De San Pedro: que eres pequeño, muy pequeño. Una primera obra maestra que te deja sin palabras. Una maravilla que a pesar de haber estudiado en libros de arte, jamás llegan a representar la totalidad de lo que simbolizan.

Roma es así, la ciudad se sale de las fotos. Lo que se refleja en imágenes es imposible que case con la grandiosidad de la realidad. Y para mí, que no lo conocía y no veía en fotos lo que realmente me iba a encontrar, me dejó gratamente sorprendida.

No hay desperdicio en la columnata de la Plaza De San Pedro. En el centro, el Obelisco que fue testigo de la muerte De San Pedro cuando fue ejecutado. Todo gira en torno a él. Sobre él se edificó la Iglesia no en vano.

Para alguien ignorante como yo, que no he sido nunca demasiado creyente ni culta en temática religiosa ni artística, encontrarme con este conjunto ha cambiado mi vida.

Sobre la columnata las esculturas parece que te esperan en el Cielo y desde abajo las ves tú, tan diminuto…

El Vaticano: la Basílica De San Pedro y el síndrome de Sthendal.

Mi amiga Mamen (persona clave en este viaje) me comentó lo siguiente “El síndrome de Stendhal (también denominado síndrome de Florencia o estrés del viajero) es una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando estas son particularmente bellas o están expuestas en gran número en un mismo lugar. También suele suceder ante escenarios históricos, como campos de batalla, palacios, ruinas históricas o lugares en los cuales se hayan producido hechos muy importantes.

Más allá de su incidencia clínica como enfermedad psicosomática, el síndrome de Stendhal se ha convertido en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico.

Se denomina así por el famoso autor francés del siglo XIX, Stendhal (seudónimo de Henri-Marie Beyle), quien dio una primera descripción detallada del fenómeno que experimentó en 1817 en su visita a la basílica de la Santa Cruz en Florencia, Italia, y que publicó en su libro Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio:

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme»”.

No sé de dónde sacó esta información pero así me pasó a mí.

Me recibió la Piedad de Miguel Ángel y ya empecé a llorar. A pesar de que es más pequeña de lo que imaginaba, lo que representa va más allá de lo esculpido. Es LA BELLEZA unida a la perfección.

Ya esto predispone a la belleza que íbamos a encontrar. Cuando has visto algo así te noquea ya. Vas como deambulando, herido de Tanta majestuosidad. Y ves cada escultura como más arte imposible de no admirar.

Mármol tallado que cobra movimiento.

Recuerdo que al ver la basílica sólo encontraba belleza: mármoles que tomaban formas de tela, vestidos que cobran movimiento tallados en piedra, los pies de un pequeño que me recuerdan a los de mi hijo por su perfección total.

Y como ésta, cada escultura casi. Consumes arte por cada veta de mármol que encuentras. Y viene de la mano de lo espiritual.

Mi cara después de haber llorado tanto es un poema.

Cada imagen representa, tiene un motivo religioso. Desde la Piedad de Miguel Ángel hasta la última pieza del mosaico de la cúpula de la Basílica. Todo es sublime y todo esconde a Dios detrás. Dios vive allí y tiene su sentido pues es un lugar de peregrinación y pretende lo que consigue: que veas su grandiosidad y lo veas allí.

Con mi Stendhal a flor de piel, fuimos a la tumba de San Juan Pablo II, el Papa de nuestra juventud, a quien veías en la tele siempre como Papa, el que bajaba del avión y besaba el suelo, el del no tengáis miedo. Y claro, te reencuentras con tu infancia, con tu vida interior y con tus miedos futuros. Mi mayor miedo ahora es la operación de mi bebé. Y recuerdas la imagen de Miguel Ángel de la Virgen sosteniendo al hijo y no te queda más remedio que rezar con toda tu alma. Porque sabes que todo va a salir bien. Porque tienes la seguridad de que así va a ser. Y ya sigues adelante. Y haces una foto del baldaquino De San Pedro obra de Bernini y por mucho que pongas buena cara sales desfigurada casi porque el rostro demuestra lo que vives. Demasiada emoción en sólo media hora. Y quedaba toda la visita.

No voy a daros más la tabarra porque libros de arte hay miles que cuentan cada obra, así que subamos a la cúpula.

La cúpula de La Basílica De San Pedro del Vaticano.

De repente miras arriba y no puedes permitir dejar de ver la cúpula de la Basílica.

El Vaticano por dentro, la Basílica es una maravilla.

Y te dejas llevar por el síndrome del “pues ya que”. Pues ya que estoy aquí, lo hago todo y claro, subo.

Obviamente todo maravilloso.

Vista desde el interior de la cúpula de la Basílica de San Pedro.

Y ahora ves que a 320 escalones más tienes la posibilidad de subir del todo. Advierten que no lo hagas si no estás en plena forma, pero nosotros lo hicimos. Pues ya que… ¡subimos!

Hay un ascensor que te trae hasta la parte interior de la Basílica que cuesta 10€ y nosotros pagamos gustosamente, pero la siguiente etapa hay que hacerlo a pie. Un horror del que no hay marcha atrás. Una escalera estrecha, con poco aire, mucha gente y poca posibilidad de parar a tomar aire. Pero la foto lo merece.

Roma queda a tus pies. Queda mucho por explorar, tienes las piernas temblando, te falta el resuello, estás extasiada de tanta belleza y has rezado y te has confesado en tu idioma, cosa que no hacía desde hace cuánto… ¿dos años? ¿Tres? Ya os digo que no soy demasiado religiosa o practicante no sé, o al menos lo era. Después de esto he visto a Dios. Y no me da vergüenza decirlo ni miedo ni nada. Es así y por eso os lo comparto.

Lo bueno del BNB que elegimos es que disfrutamos del Vaticano de día y de noche. Lo único es que el domingo no estuvimos en el Angelus porque nos íbamos a las 15:00 al aeropuerto y no nos encajaba en el horario, pues nos quedaba mucho por ver. Ése será mi tercer post sobre Roma. El de la Roma Imperial. El anterior fue el de las Piazzas y Fontanas que os recomiendo en esta trilogía sobre Roma.

Y os dejo estas imágenes del Vaticano de noche.

Y aquí os dejo alguna foto que hice a la vuelta de nuestra primera jornada. El sábado por la mañana vimos el Vaticano y sus museos. La Capilla sixtina también y quedé maravillada de nuevo por el Juicio Final y el gran tormento que representa así como la belleza de la Creación de Miguel Ángel. Madre mía, cuanta belleza.

Nos costó trabajo despedirnos e irnos del Vaticano.

Os veo en el siguiente post.

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