Mi vida con cuatro.

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Bueno, me he propuesto volver al blog como llevo haciendo desde hace tiempo. Este cuaderno me lleva acompañando más de cinco años pero ha tenido distintas etapas.

A veces me acompaña a diario, otras veces mensualmente y hay momentos que ni siquiera. Me aterra que se note que no tengo mucho qué contar y que hablo por hablar, como veo en otros blogs.

Y claro, me exijo tanto en contenido que termino por abandonar por pensar que voy a ser una intensa.

En gran medida también escribo menos porque ya no tengo el tiempo libre de antes.

Mi vida con cuatro hijos es apasionante pero me deja sin minutos al día para vaguear, distraerme o inventar. El nivel de exigencia es duro.

La maravillosa ventaja que le encuentro a tener muchos niños es que la vida es plena. Cada momento se vive intensamente. Esto hace que las semanas vuelen, de los meses no nos demos ni cuenta y que de repente estemos celebrando otro cumpleaños más sin haber reparado en que se ha ido otro año más, aprovechado al máximo, eso sí.

Mi vida es fácil, eso también ayuda. En estos años he pasado momentos de duelo y desengaños en el mismo ámbito de la familia y me ha hecho sentir triste, sola y excluida.

Ahora, en cambio, ya adaptada a la situación familiar (que conste que no es la de mi marido o mis hijos, ésta es maravillosa, sino la de la familia extensa), soy plenamente feliz y doy gracias cada día.

Nuestra bendita rutina empieza los lunes. Mi marido levanta, viste y peina a las niñas para el cole y la guarde. Yo doy el pecho al peque que apenas me deja separarme de él.

Mi madre pasa temporadas con nosotros pues vive sola y, lejos de ser una suegra rompiendo la armonía del hogar, se ha convertido en una abuelita indispensable para mis hijos y a las que todos adoramos. Está super valorada en esta casa y es un bastión en mi vida. No hay nada como la familia para sentirte querida sin límites.

Ella se levanta con las niñas y les hace la merienda mientras yo sigo con mi secuestro lactante en la cama con el niño.

Y todo fluye y se van a la guarde, al cole y al trabajo. Y en casa quedamos la abuela, el peque y yo. Entre desayuno, organización doméstica, trescientas lavadoras por colores, recogida y tendida de colada y dos cosas más, es la hora del almuerzo. [Gritos] jaja.

Comemos los adultos ya que las demás comen en el cole y la tercera jamás quiere almorzar. Esto da para otra historia.

Se va el padre y tomo yo el relevo. Nos hemos estrenado con deberes. Ayer estudiábamos Roma para exponer sus monumentos; Almería para conocer sus fiestas (y aún nos queda Granada); hacer un plano de nuestra casa para la guarde (¡deberes a los dos años…!) Y atender la demanda del bebé.

Acabamos, recogemos y al baño. Ducha, pijama, cena y a arengar a las fieras para que se acuesten. A veces hacemos pleno y se duermen todos. La mayoría del tiempo se duermen las dos mayores sólo. La tercera tarda un poco más en irse a la cama y el bebé a las 11 me dice que me acueste a darle la última toma.

Nos acostamos y ya nuestra semana acaba en viernes. Ha pasado otra más volando.

Los fines de semana son otra cosa, menos mal. Empiezan el viernes con el respiro que nos da María José que nos ayuda con la plancha y a vivir en un ambiente agradabilisimo que dura lo que tardan las fieras en volver del cole. Las niñas se levantan tarde y podemos dormir bien. ¡Duermo mejor con cuatro que con una!

Gracias a la vida. Si tenemos aliento hacemos algo mi marido y yo. Si no, nos quedamos el finde en casa disfrutando del hogar.

Un hogar lleno de actividad diaria que llena nuestros días.

¿ A vosotras os vuela el tiempo como a mí? Yo me estoy haciendo mayor sin darme cuenta y por eso sigo pensando que no tengo ni treinta 😎