Adiós al bebé, hola a mi niña.

Les estoy retransmitiendo desde detrás de una reja. Si el otro día publicaba una foto en la que se veía a mi niña con el pelito corto, con un bibi de su hermana al lado, – pues ya está harta de que se lo intente dar porque es mayor -, y decíamos adiós a primero de parvulitos, al pañal nocturno incluso y a los terrores nocturnos, hoy que venimos a la primera clase de natación y ha resultado que ya sabe sostenerse al menos, me ha invadido la melancolía.
Al contrario que a muchas otras madres para mí el fin de una etapa no es lo que me resulta entrañable; para mí es el principio.
Este año al estrenarnos en el cole, lloré cada mañana durante un mes al dejarla en la puerta del parque. Lo que no hice cuando se “graduó” en la guarde. Para mí acabar lo que se ha empezado es lo lógico. Por eso no me conmueve. Pero empezar nuevos retos si que me remueve el sentido de madre.
He visto cómo este año mi niña mayor, de cuatro años sólo, se ha convertido en hermana de dos. Ha abandonado los hábitos de bebé que tenía, se ha regulado en sus costumbres, duerme de un tirón, ha superado de momento al menos, los terrores nocturnos que tanto nos han asustado a nosotros como padres y ya come mejor. Se ha puesto más gordita que su amiga “la Bola”, quien se ha estilizado y ahora es hasta más flaquita que mi Gnomi, pese a su mote de bebé, y ha superado los retos marcados en el cole.
Hoy, desde mi reja en la piscina, me doy cuenta de lo mayor que está mi niña, de lo preciosa que es, de lo bien que progresa y a su vez, veo que es muy chiquitita.
Hoy se ha tirado al agua y ha chapoteando sola, le han aplaudido en la clase y ha conseguido otra meta más.

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Mi niña. La que va sin gorro.

Y mientras tanto, yo no cambio sino que voy a peor y la llevo sin gorro ni chanclas a natación. ¡¡Pero es que tengo mucho sueño!!

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