El día en que me convertí en doula. Parte I.

Como tuve un jipiembarazo, me desenvolvía como pez en el agua en preparación al parto y estaba entregadísima a la maternidad, decidí que quería ser doula.

Acompañar a madres en su maternidad desde el comienzo y con sus pequeñajos para que pudieran salir del atolladero y que no se sintiesen tan perdidas como yo. Quería ser una ayuda.

Hoy se cumple justo a esta hora un año desde mi última experiencia. Pero hay que contarla desde el principio.

El jipiembarazo me ayudó para decirle a Shula qué era lo que le pasaba en el embarazo de su hijita la bola. Ella tenía pinchazos, yo le decía que eran patadas. Ella no sabía qué era esa barriga dura, molesta y que parecía que se dividía transversalmente, y yo le envíaba una foto de mi “barriga-culo” pues tomaba esa forma acorazonada, y le decía que era una contracción. Le preguntaba por si tenía ardores, los kilos que ponía, y así sabía “todo sobre mi bola”.

Luego estaba mi amiga la trauma, que tuvo a su niña dos semanas después que yo, y a la rubia, que fue madre a los seis días. Ellas no necesitaban esa compañía pero yo su información, sí.

Las doulas acompañan en la lactancia, como mi lactancia fue diferida y con nombre propio: Medela, bien harmony bien Swing, dependiendo del momento, también asesoré a quién me avisó.

Me encantó. Aunque la Shula por ejemplo estaba tan enganchada a dar el pecho que el Medela y el otro que le regalé casi me lo pone de sombrero.

Pero lo realmente flipante fue el inicio del parto de la canija o el que se presentó sorpresivamente en casa, aunque obviamente se terminó en el hospital. Una no es tan doula. Ni quiere.

La canija llevaba un finde con molestias y ardores y contracciones y…pero ella no sabía qué eran..síntomas, sin más. Y el lunes sacó a su perro a pasear. Ese meneo de esa barriga no era normal. De hecho cogí la correa y saqué yo “ar bisho”; ella vino, que andar le iba a venir muy bien y ya de paso ensayamos y soplamos juntas un rato, recordando las clases del dr. Fernando Godoy.

Ella valiente, muy valiente, volvió a casa, dejó al perro y se fue de compras con un amigo. A la vuelta me llamaron. Ya tenía dolores, flujo, pero entre el pudor y la falta de confianza total, lo dejamos ahí. Le dije que se cronometrara. Y se comió un arroz a la cubana. Jejeje creo que nunca más lo ha vuelto a hacer!!

Ya eran casi las 5 y me llamó de nuevo. Su marido se iba, pero como un parto tarda tanto, y no se sabía si estaba o no. Pues le dijimos que se fuera tranquilo. Fue salir por la puerta èl y ya eso empezó a doler. Contamos la duración de cada contracción, la frecuencia, bajamos las maletas, soplamos, la senté para que dilatara mejor; le aconsejé una ducha, le elegí un vestido para que no se tuviera que desnudar y quedarse “en culo” a la primera de cambio. Y esperamos al marido que llegó a las dos horas emocionado y con ganas de llevársela a la clínica para conocer a su bebé. Ella a las dos horas había tenido ya a su niño. Un parto perfecto, agradable, llevadero y me dio la sensación que hasta gustoso. Me alegrè de que me llamara y con ella, superé el muy mal rollo que me traje de la llegada al mundo de gnomita…

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